Entendemos por movilidad la capacidad para desplazarse por el entorno que rodea a la persona. Es absolutamente necesaria para tener autonomía. De hecho, la capacidad de movilización sirve para saber el nivel de salud de la persona anciana, así como la calidad de vida que tiene. Se usa para medir el grado de independencia. Las personas mayores que han perdido la movilidad son consideradas de alto riesgo en cuanto a posibles complicaciones médicas. En esa situación ya son personas dependientes.

El síndrome de movilidad puede darse de varias maneras. Es muy común que suceda tras una enfermedad u operación que mantiene en cama a la persona. Tras unos días sin moverse, pierde gran parte de la movilidad y esto inicia una cascada de acciones que le hacen perderla del todo. Esto es debido a que la persona afectada pierde masa muscular y, en algunos casos, hasta reflejos posturales que imposibilitan que pueda deambular.

No obstante, también puede ocurrir poco a poco, porque al anciano le cueste moverse y cada vez lo haga menos. También es muy común que el miedo a una caída haga que la persona decida moverse lo menos posible, cayendo en la cascada de acciones que le llevan a perder totalmente la movilidad.

El tratamiento pasa por la fisioterapia, aunque va más allá. Es necesario crear un plan de rehabilitación individual, así como adaptar la vivienda de la persona y prevenir futuros problemas asociados al síndrome.

Antes de realizar el tratamiento es importante que la persona tenga unos niveles adecuados de hidratación, nutrición, sueño correcto, evitar sedantes en exceso y llevar un correcto control del dolor. En la rehabilitación no debe superarse la capacidad funcional de la persona, para evitar lesiones. Además, es importante vigilar que la respuesta cardiovascular sea adecuada. También deben eliminarse las barreras arquitectónicas del entorno, así como brindar un correcto apoyo familiar y social.