La obesidad es un problema cada vez más generalizado en las sociedades modernas. Se sabe que no es buena para la salud. En las personas mayores, el perjuicio de la obesidad es aún mayor. Propicia enfermedades como la hipertensión, niveles altos de colesterol o la diabetes. Además, cambia la forma de funcionar de diferentes órganos, como por ejemplo el hígado. Además normalmente va asociada a un deterioro de los músculos, por lo que la persona tiene menos fuerza y se torna más sedentaria en un círculo vicioso.

En las personas mayores, lo que se busca para tratar la obesidad es recuperar la salud. Objetivos como la estética, que en otras edades cobran mucha importancia, se vuelven secundarios. Siempre afecta en la calidad de vida, pero en las personas mayores aún más.

Para el tratamiento, un nutricionista analizará el estado físico de la persona y los hábitos que tiene. Cuántas calorías se queman al día, qué consumo basal se tiene, cuánta grasa se tiene en el cuerpo, etcétera. Después observará si fuma, si bebe, si realiza caminatas o algún tipo de actividad física, si se está sometido a estrés, entre otras.

Una vez que tiene toda la información, diseña una dieta personalizada. Esta dieta atienda también a su estilo de vida, para que el porcentaje de éxito sea aún mayor. Es decir, cabe la posibilidad que se “ceda” en el consumo moderado de ciertos alimentos para evitar caer en atracones, que son mucho peores.

Una cosa muy importante es perder peso poco a poco y no de golpe. Las bajadas rápidas de peso nunca son  buenas. No obstante, incluso pequeñas bajadas de peso son positivas para la salud. Además, con el tiempo, según se va recuperando movilidad, la persona a dieta mejora su ánimo por norma general. Recuperar independencia siempre es positivo. Al final, lo que se busca, es una mejora general en la calidad de vida.